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Crecimientitis

El cuerpo humano (así como el de millones de especies) es maravilloso. Desde el instante en que comienza a dividirse tras haber sido sólo una célula, desenfunda las instrucciones internas que lleva para crear el complejo organismo que conocemos en la adultez. Gran parte del trabajo se desarrolla a través del crecimiento ordenado y estructurado, y a veces a través de la destrucción programada, de tejidos o componentes, tal como ocurre cuando se eliminan ciertas células para dar origen a una red neuronal depurada. Tal es el requerimiento de la regulación de estos procesos, que a menudo la más mínima falla tiene consecuencias médicas. En etapas adultas, la regulación continúa, con las mismas implicancias en caso de perderse la sintonía fina y el sentido de límite.

El crecimiento, como concepto, es delicado. Supone el balance de componentes; es imposible pensar en el crecimiento ilimitado sin consecuencias. La termodinámica así lo sugiere, y todo crecimiento de una estructura supone necesariamente la destrucción de otra, para reciclar materiales, hacer espacio a la nueva estructura en crecimiento, etcétera.

Es por eso que el crecimiento no puede ser ambicionado sin pensar en el contexto. Debemos aprender de la naturaleza, del universo, como lo hemos estado haciendo desde tiempos remotos. No se puede crecer sin límites. Así como el crecimiento de células de manera desenfrenada conlleva al surgimiento de un nefasto tumor, o el de un órgano a una situación de hipertrofia, la economía de un país no es singular en este aspecto y obedece a leyes termodinámicas y orgánicas similares. Es inverosímil que la economía de un país crezca a tasas del 6% o más sin consecuencias ambientales, sociales o incluso económicas. Se requiere pensar en cuánto podemos crecer con costos aceptables, cuánto es bueno para el país, cuánto soporta el ecosistema.

Nada de eso importa a quienes padecen de “Crecimientitis”, una enfermedad íntimamente ligada al negacionismo científico, y que se caracteriza por la creencia irrestricta de que el aumento del PIB per cápita (u otra métrica de similares características) es el único crecimiento válido, y que éste puede y debe ser infinito.

No importa que la humanidad haya sobrevivido durante cientos de miles de años, y prosperando en el camino (basta mencionar a Da Vinci, Galileo, Darwin, Copérnico, Newton, Franklin, y tantos otros grandes iluminados), pese a que el PIB existe hace menos de cien años. Tampoco importa que el mismísimo creador del PIB, al momento de presentarlo ante el Congreso Norteamericano, haya advertido que éste no puede considerado como una medida del bienestar.

La “Crecimientitis” ha sido una enfermedad cuya incidencia ha aumentado drásticamente en los últimos dos años. Si bien otros Presidentes y gobiernos prometieron el “desarrollo” para tal o cual fecha, nunca el problema del desarrollo había sido reducido de manera tan simplista a un “para el 2018 esperamos tener un PIB per cápita similar al de países como Portugal y convertirnos en un país desarrollado” (o frases similares).

Tal reduccionismo no sólo es dañino, sino que evita intencionalmente la más importante de las discusiones: ¿Qué tipo de desarrollo queremos? Si lo que importa es sólo el gráfico del PIB per cápita en función del tiempo, estamos fritos. Por el contrario, si lo que importa es crecer de manera sustentable, con una distribución digna (nótese la sutileza, no se está planteando que sea equitativa, sólo digna), con un alto grado de bienestar social y satisfacción, entonces debemos parar la máquina de producción y debatir, lo que implica necesariamente el “asambleísmo” que tan equivocadamente algunas autoridades despreciaron en días pasados. Debatir, construir consensos locales y regionales, escuchar a los expertos y no sólo a unos cuantos iluminados, y pensar en planes nacionales para avanzar en la dirección acordada. Volviendo a nuestro ejemplo inicial, durante el desarrollo de los organismos desde sus orígenes embrionarios, las células y tejidos se envían señales, instrucciones, se alcanzan “consensos regionales” reflejados en gradientes de señales químicas a lo largo de regiones, e incluso la movilización de recursos (células) desde regiones alejadas del organismo, para contribuir al desarrollo sistémico y sustentable. No es un crecimiento anárquico en el que cada órgano decide de manera independiente su crecimiento.

Y, mirando de nuevo a la naturaleza, es fácil notar cómo concluye el crecimiento desmedido de un órgano, como un cáncer que ha agotado todos los recursos locales, o cómo animales alimentados hasta la saciedad, y que por lo tanto, “crecen” más, tienen una muerte más rápida. Las consecuencias del crecimiento infinito son nefastas. No hay que ser adivinos ni expertos para constatar que un crecimiento sostenido de 6% anual conlleva consecuencias ambientales desastrosas. Es previsible que la normativa termodinámica nos pase la cuenta más temprano que tarde, especialmente si este 6% se basa principalmente en el paradigma de los commodities de bajo costo y no en un progreso basado en el desarrollo científico y tecnológico.

Los que paceden “crecimientitis” muestran síntomas como el síndrome de cuestionamiento de derechos básicos y de denigrar muchas veces a sus opositores, calificándolos de “oponentes del progreso”, “ecologistas profundos” entre otros ocurrentes apelativos. Criticarán la “excesiva judicialización” de proyectos industriales, eléctricos, y otros, tan esenciales para el crecimiento (olvidando la lógica tan evidente de que la ciudadanía disponga del derecho y de herramientas para impugnar -fiscalizar- las decisiones de la autoridad a través de un poder independiente). Manifestarán su rechazo a cualquier forma de debate (a menos que sea un suntuoso seminarium en un lugar con estilo), y despreciarán cualquier forma de organización social y democrática que ante sus ojos atente contra el “buen clima político para hacer negocios”. Y harán muchas otras cosas más, incomprensibles para el resto de los mortales que son incapaces de entender la especial termodinámica de la crecimientitis.

Un órgano o tejido creciendo de manera desenfrenada se convierte en un sistema capaz de sustentar tasas aceleradas de crecimiento a expensas de los recursos vecinos. Es por eso que si sólo una minoría se lleva una gran parte de la torta, entonces un crecimiento acelerado les permitirá fortalecer dicha minoría. Migrarán a barrios más lejanos, reinvertirán en sus negocios y criticarán el gasto social, influirán a su antojo a la opinión pública a través de editoriales, y perpetuarán un ciclo de desigualdad. Es por eso que la teoría del chorreo, y la teoría del “crezcamos y después arreglamos” no tienen validez alguna. La naturaleza diría, con mucha razón, que primero debemos corregir el modelo de desarrollo y luego seguir creciendo. Pero el espíritu de preservación llevarán a los que padecen de “crecimientitis” a defender su postura autopoyética hasta las últimas consecuencias.

Esperemos que la ciudadanía sea escuchada y podamos encontrar puntos razonables de acuerdo para poder avanzar hacia un desarrollo más justo y donde el PIB per cápita sea sólo una más de las métricas a analizar.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl, con licencia Creative Commons.