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"Educación Cívica, proyecto de vida y la recuperación del sentido de lo público"

Parto esta columna haciendo una confesión: soy de la generación que tiene recuerdos de infancia sobre la dictadura y las protestas en la década de los ’80 (aunque los cacerolazos eran para mi y mis hermanas la posibilidad de jugar con las ollas de mi mamá); que vio y sintió la emoción del triunfo del NO en plebiscito del ’88 y que, sin tener la capacidad para explicar su significado, tenía la certeza de que algo grande se avecinaba; que se educó en colegio público (mi querido Liceo 1) cuando la enseñanza particular subvencionada no era tema y los colegios privados eran sólo para los muy privilegiados; y que tuvo la fortuna de tener educación cívica en la sala de clase, no como un apéndice de las asignatura de historia y geografía, sino como una cuestión fundamental, que permitía entender con mayor claridad el contexto político nacional y el funcionamiento del Estado. Parto mi argumentación con esta confesión relevante, porque creo que mi interés por la cuestión pública, por la construcción de ciudadanía y de la política nació de ahí y de haber sentido en lo personal, aunque sin entenderlo muy bien a los escasos 13 años, el profundo significado que tiene pasar de una dictadura a una democracia. Esa es parte de mi socialización política, que sin duda es parte de la de otros que se emocionan cada domingo con un capítulo de la serie “Los ‘80”.

En este sentido, muy persuadida de la relevancia que tiene el valor de lo público y de la democracia para el desarrollo de un país, no puedo dejar de mirar con cierta preocupación las múltiples señales que es posible observar en nuestro sistema político.

En primer lugar, lo evidente, la crisis de representación. La desconfianza que manifiestan las personas en instituciones como el parlamento o en los partidos políticos, la incapacidad de nuestra institucionalidad de dar respuestas claras y significativas a la demanda de la ciudadanía (como ha sido posible ver en el ámbito de la educación, el medioambiente, entre otros), se ha ido convirtiendo en un problema que se ha agudizado en nuestra democracia. Ello se podría estar reflejando en los altos niveles de abstención que observamos en la última elección municipal, aunque es preciso distinguir que ella puede ser de muy distinta naturaleza.

Por un lado podemos señalar que parte importante de quienes se restaron de concurrir a las urnas en la pasada elección lo hicieron manifestando su protesta contra el sistema político, sus instituciones y sus actores. Ello es un fenómeno propio de la democracia y representa en definitiva una opinión política y una preocupación por los temas públicos, más allá de la crítica a la oferta política existente. No obstante, podríamos también estar en presencia de un fenómeno que podría no ser sólo la expresión de protesta que se refleja en la abstención, sino que, aún peor, la constitución de un fenómeno de apatía que se empieza a generalizar y que tienen como resultado la pérdida de sentido del valor de lo público y de la vida social.

En efecto, pese a la masiva movilización estudiantil del año 2011, es posible observar a partir de una encuesta del Instituto Nacional de la Juventud de 2012 que la mayoría de los jóvenes entrevistados no era capaz de identificar para qué tipo de elecciones se utiliza el sistema binominal, no reconocía a sus parlamentarios, no manifestaba interés en los temas públicos y, en general, expresaba una mirada negativa sobre la posibilidad de incidir en política.

Estos datos pueden ser observados con preocupación a la luz de lo que muestra el Informe de Desarrollo Humano de 2012, dedicado a los temas del bienestar subjetivo, que dan cuenta de una fuerte disociación en la percepción de las personas entre la construcción de la felicidad personal, que las personas desvinculan como objetivo de la sociedad y de la vida en comunidad. Del mismo modo, persiste entre las personas la percepción que en la sociedad no se respetan plenamente la dignidad y los derechos. Desde la perspectiva de lo que nos muestra este informe, el “malestar” en Chile, del que muchos hablan, tiene origen en realidad en una profunda insatisfacción con la cuestión pública, con el sentido de la democracia y con la construcción de la vida en comunidad.

De esta manera, una tarea fundamental de la política y de los actores políticos es justamente contribuir a recobrar el sentido que tiene lo público, la deliberación y la soberanía popular en la construcción del propio proyecto de vida. En esta línea, más que intentar reponer la idea de la “educación cívica” en los colegios (que me parece importante, pero no suficiente) creo indispensable pensar en la responsabilidad que le cabe al propio mundo político de generar políticas que ayuden a recuperar este sentido. Se trata, en definitiva, de volver al triángulo virtuoso de la Revolución Francesa, donde la Igualdad, Libertad y la Fraternidad recuperen su significado, poniendo al centro el interés y el desarrollo de los seres humanos.

Columna escrita en exclusiva para Acuerdos.cl