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Para esta versión hay signos positivos en la sociedad

En 1992 se realizó la cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro. La emergencia de los problemas ambientales: destrucción de la capa de ozono, cambio climático, contaminación de aire, agua y suelo, deforestación y desertificación; junto con una mayor conciencia de los problemas sociales y económicos, llevaron a la comunidad mundial a la adopción de un conjunto importante de acuerdos globales relacionados con nuestro futuro común. Los principios de Rio, la agenda 21 y las tres convenciones ambientales: Cambio Climático, Diversidad Biológica y Desertificación y degradación de tierras, marcaron un espíritu de optimismo sobre la posibilidad de avanzar en las grandes aspiraciones de la humanidad. El marco político e histórico dado por la caída del muro de Berlín tres años antes permitía mirar el futuro con confianza y mantener las esperanzas firmes en las utopías. La cumbre de Rio constituía un eslabón más en una cadena de acontecimientos globales que marcaban el fin de la década perdida, el triunfo de la conciencia ambiental y la posibilidad de constituir un nuevo orden global basado en el acercamiento y las confianzas en lugar de la separación y la segregación.

El año próximo, dos décadas después, los países volveremos a reunirnos en otra cumbre, para evaluar los logros y brechas en este periodo y para discutir, sobre la base de dos temas relativamente nuevos, lo que podría constituir las bases de una visión y acción renovadas para nuestro futuro común.

El escenario no es el de hace veinte años. Nuevos muros nos recuerdan lo difícil que resulta la utopía de la paz. Las fronteras se fortalecen, Gaza y el borde Mexicano-Norteamericano constituyen la vergüenza de la política exterior del siglo XXI. Las recientes crisis energéticas, alimentarias, económicas y financieras, de las cuales aun no logramos superarnos del todo, nos mantienen alertas ante futuros posibles poco auspiciosos. La hambruna en Somalia nos muestra que, a pesar de los adelantos tecnológicos, no hemos sido capaces de repartir equitativamente los recursos que, generosamente, nuestro planeta nos provee. Finalmente, a pesar de los avances significativos en materias ambientales y sociales, desiguales por regiones o países, los principales indicadores asociados a las tres grandes convenciones, el aumento de emisiones de Gases de Efecto Invernadero, la perdida sostenida de la diversidad biológica y el aumento de la degradación de tierras y desertificación, nos muestran que nuestros esfuerzos no han sido capaces de revertir, ni siquiera detener, grandes procesos que nos consumen y que ponen en peligro las bases de nuestra sustentación.

¿Qué razones podríamos tener para ser optimistas ante la nueva cumbre? ¿Que nos podría hacer pensar que un nuevo soplo de renovación impactaría en  nuestros líderes y lograría el acuerdo global tan necesario para hacer frente a los problemas comunes?

Hay signos positivos, esperanzadores y fuertes: El clamor por una participación activa en los debates ciudadanos que superen los limites de las democracias representativas; lo hemos visto en los países árabes, en España, también en Chile y varios lugares más; la indignación ante los abusos de poder, de manejo de información; el acceso masivo a redes sociales y la generación de voces autónomas capaces de transmitir no solo acontecimientos –desafiando el poder de quienes controlan los medios de comunicación- sino también opiniones y análisis. Aun cuando no sepamos qué dirección tomarán estas tendencias ni hacia donde nos llevarán, sí sabemos que son señales de las nuevas posibilidades que la sociedad tiene y que puede hacer valer ante sus representantes.

Los gobernantes del mundo estarán ante el escrutinio de todos los pueblos para lograr entendimientos sustantivos sobre temas cruciales. Las necesidades son apremiantes y las vías tradicionales para enfrentar los problemas se han mostrado limitadas, cuando no estériles. Esperamos un compromiso mayor por la sustentabilidad, una adhesión decidida por los principios de la equidad social, el desarrollo que va más allá del crecimiento y la protección del ambiente que no es más que el cuidado de la base física y biológica que nos sustenta.

El lugar será el mismo que hace veinte años: Rio de Janeiro, “Cidade maravilhosa”, donde conviven lo urbano y lo natural, Copacabana y Tijuca, el trabajo y el ocio, la riqueza de sus barrios tradicionales y la pobreza de sus favelas; la pujanza de un país emergente y el “jogo bonito” de sus muchachos y jóvenes. Tal vez Rio sea la metáfora de lo que fue y lo que será, de lo que tenemos y lo que queremos lograr y, sobre todo, lo que podemos lograr si partimos cambiando nuestro ser interno hacia la sustentabilidad que no es más que la integración de nuestra biología, nuestra sociabilidad y nuestro desarrollo; y si desde ese cambio somos capaces de comprometernos todos y cada uno por un futuro común inclusivo, abierto, transparente y esperanzador.