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Se necesita primero un cambio de mentalidad

Fui de las pocas que regresé optimista de Río 92. La energía positiva, creatividad y diversidad de los 15.000 asistentes de la sociedad civil internacional en el Foro Global me impresionaron en lo profundo. Igualmente me gustó constatar que la Agenda 21 establecía un mapa de ruta para la humanidad que contenía “casi todo” lo que había que hacer para ingresar con sensatez al siglo XXI. Recuerdo mi asombro al contemplar un funcionario de la ONU vociferando por los pasillos preguntando si alguien conocía representantes de Estados islas, para darles la mala noticia que el cambio climático podía significar la definitiva inundación de sus territorios.

Derribado el Muro de Berlín hacía pocos años, todo parecía indicar que había llegado la hora en la cual las naciones podrían destinar los recursos bélicos a resolver los efectivos problemas de sus ciudadanos: salud, educación, vivienda, alimentación, infraestructura. ¿Cómo no sentirse optimista?

Sin embargo, el devenir de la historia no me dio la razón. La actual crisis sistémica que están enfrentando casi todas las naciones (señor Presidente, no es nada personal), indica que la democracia como forma de gobierno y el mercado como mecanismo de asignación de recursos económicos,  comprueban no ser suficientes para asegurar el desarrollo pleno de la especie humana, así como la preservación de las improbables condiciones que hacen posible la vida.

Por ello, otra reunión como la vivida hace 20 años me hace poco sentido. Nuevamente habrá que financiar la parafernalia en lujosos hoteles, se harán viajes con alta huella de carbono, se talarán árboles  para la impresión de miles de documentos. No puedo evitar recordar la sucesión de discursos que nadie escucha, las interminables discusiones para cambiar una palabra por otra similar (pero de potente diferencia para los países industrializados), el absoluto ninguneo de las organizaciones de la sociedad civil, los temas intocables tales como el armamentismo, la corrupción, los territorios ocupados o la necesidad que Estados Unidos se comprometa a reducir sus emisiones de GEI.

¿Cómo incidir?

Sin lugar a dudas, Río+20 podría convertirse en un pretexto para incorporar la espiritualidad como un cuarto pilar indispensable en el desarrollo sostenible. Estoy convencida que, o nos convertimos en mejores personas, o todo volverá a quedar en palabras (escritas y orales), y la falsa aspiración del “sueño americano”, cual modernas Sirenas de Ulises, seguirá guiando las decisiones de los gobernantes del planeta.

Posiblemente los dos mayores impactos positivos de Río 92 fue la incorporación del sector privado al debate de la sostenibilidad y la inspiración con que los 15.000 miembros de la sociedad civil regresamos a nuestros puestos, donde las semillas germinaron y dieron frutos en los respectivos terruños.

Hoy las redes sociales irrumpieron con un potencial de articulación, visibilización y coordinación de acciones entonces inimaginable, lo que convierte a los 7 billones de seres humanos en potenciales protagonistas de su destino. Si Río+20 puede transformarse en el escenario para analizar el presente y acordar el futuro que deseamos y así generar una nueva percepción de la realidad (la naturaleza no está allá afuera para que tomemos lo que necesitamos; el destino de todos los seres vivos está interconectado; el futuro es el resultado de nuestras opciones del presente; no puede existir negocios saludables en sociedades enfermas; la insustentabilidad irremediablemente termina en ingobernabilidad, y un largo etcétera), estoy dispuesta a cambiar de opinión y sumarme con optimismo a ser parte del proceso.